dijous, 19 de març de 2015

El pedestal són les sabates (i 2)

De quines coses s’ocupa Jorge Ibargüengoitia en els seus articles i cròniques? Ni va gaire lluny ni ho adorna amb retòrica, si li ve de gust parla del que li acaba de passar, encara que no tingui cap interès. Per exemple, que Eudoxia, la seva minyona, ha tornat a la seva terra. I fa, a partir d’això, una variació sobre el tema clàssic del servent que amarga la vida dels amos.
Nunca creí que la ausencia de una persona pudiera causar tantos trastornos tan agradables. O que la presencia de una mujer modelo pudiera resultar opresiva. Todo está más mugroso, pero hasta los sartenes parecen más contentos (por favor no me escriban cartas diciéndome que se dice la sartén: yo lo sé, pero los sartenes de mi casa, y creo que los de mi tierra, siempre han sido masculinos). Eudoxia los lavaba con piedra pómez y quedaban tan limpios que no se podía cocinar nada en ellos. Ahora el cochambre los va defendiendo, y ya están como antes.
Impecable també el retrat sardònic de la maledicció que representen les festes nadalenques:
Unos amigos míos de la infancia, de familia muy devota, tenían como argumento para demostrar la existencia de Dios el siguiente: «Sé sincero —le decían al presunto ateo—. ¿Verdad que cuando llega la Navidad te sientes invadido por un calorcillo interior que llena de felicidad completamente inexplicable? Es que es sobrenatural. Dios la ha puesto en tu corazón».

A mis amigos de ahora, por lo visto, Dios no les puso nada. Las noticias que me dan de sus fiestas son tremendas. Voy a poner aquí unas muestras:

—A las once nos fuimos con los niños a la casa de la familia N, que son amigos míos de toda la vida y festejan la Navidad en grande. Se juntaron los 46 nietos de la señora N y, como son españoles, cantaron villancicos toda la noche.

—Invitamos a Richard Strauss, no el músico, sino el librero, porque quiero que me publique mi primera novela. Para quedar bien con él, mi mujer compró un pavo monumental, pero se le olvidó sacarle las menudencias antes de meterlo al horno. Lo peor fue que venían en una bolsita de plástico.

—La fiesta había sido estupenda hasta que llegó Morales, a las dos de la mañana, y le dio por hacer una interpretación marxista del espíritu navideño.

—Pepe Surriaga declaró que a él no le gusta el champaña, pero cuando lo sacamos se tomó él solo dos botellas, y al despedirse nos confesó que se sentía como si hubiera tomado un refresco que se llama «Manzanita Rocafina».

—Le compré al niño un cañoncito monísimo con el que hizo un agujero en la consola Luis XVI que tanto le gustaba al pobrecito de mi papá.
Si se’n va al cinema, enlloc d’intentar una anàlisi mig cultivada, com faria jo mateix, es limita a descriure el que veu amb calculada corrosió. Així, davant de “La caiguda dels Déus” de Visconti:
Me habían advertido que la película duraba tres horas, que trataba de la familia Krupp en tiempo de los nazis y que había sido hecha con el único propósito de lanzar gloriosamente el último —circa 1969— hallazgo juvenil de Visconti. Nadie se había tomado la molestia de avisarme que la película es malísima. Es malísima.

Pero allí está precisamente lo admirable del cine. Ve uno un churrazo y pasa sin embargo una tarde divertidísima.
I, quan el guardonen amb el “Premio Casa de las Américas”, que es lliura a La Havana, escriu l’article “Revolución en el jardín”, que dóna títol al volum i descriu de la forma més demolidora i menys subratllada possible els efectes del castrisme.
En Cuba hay tantos visitantes y los tratan tan bien, que hay técnicos que pasan buena parte de su tiempo respondiendo a preguntas idiotas o impertinentes, como las que Aghioun y yo hicimos aquella tarde, en que actuamos como si fuéramos a instalar una fábrica de refrigeradores al día siguiente.
Però potser l’article més memorable de “Revolución en el jardín” és el que es titula “Ensayo de nota luctuosa” i dóna notícia de la mort de la seva mare. Meravella com amb material tan sensible com aquest Ibargüengoitia aconsegueix un to que és a la vegada còmic i emocionant. Comença així:
El miércoles pasado, 29 de agosto de 1973, a las siete de la noche, murió Luz Antillón, que fue mi madre.

Cuando yo estaba en la agencia, escogiendo la caja, oí su voz que me decía:

—¡La más barata, la más barata!

Creo que si hubiera visto la que compré, hubiera dicho:

—Muy bien. Pero ¿cuánto te habrá costado? ¡A poco cuatrocientos pesos!

Los precios que tenía en la cabeza eran de 1937.

Nunca fue afecta a entierros, pero creo que el suyo no le hubiera parecido mal. El cortejo no fue a vuelta de rueda, la carroza llegó junto a la tumba y, lo más importante, nadie detuvo el descenso del féretro para decir «unas palabras de despedida».

Los empleados de la agencia que la cargaron y la bajaron a la tumba, le hubieran causado muy buena impresión.

—Muy limpios, muy bien rasurados, dos de ellos bastante guapos. ¡Pobres muchachos,que oficio tan horrible el de andar cargando muertos! —Probablemente, para resaltar los adelantos modernos, hubiera recurrido a una comparación con los cargadores borrachos de Guanajuato.

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