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dimarts, 28 de gener del 2014

Solos de Clarín (i 3)


Entre beats
En toda la casa reinaba el silencio de una caja almohadillada; el ambiente era tibio y estaba ligeramente perfumado por algo que olía a cera y a estoraque y acaso a espliego.... Ana sentía una somnolencia dulce pero algo alarmante; se estaba allí bien, pero se temía vagamente la asfixia.


Poesia ets tu

Al pobre Trifón le salían los versos montados unos sobre otros: igual defecto tenía en los dedos de los pies.


Capellà i minyona

Don Fermín, risueño, mojaba un bizcocho en chocolate; Teresa acercaba el rostro al amo, separando el cuerpo de la mesa; abría la boca de labios finos y muy rojos, con gesto cómico sacaba más de lo preciso la lengua, húmeda y colorada; en ella depositaba el bizcocho don Fermín, con dientes de perlas lo partía la criada, y el “señorito” se comía la otra mitad.

Y así todas las mañanas.


La malalta perfecta

En honor de la verdad, nada había que decir contra su educación ni contra su carácter: hacía muy buena enferma. No pedía nada; tomaba todo lo que le daban, y si se le preguntaba:

—¿Cómo estás, Anita?

—Algo mejor, señora— contestaba la joven siempre que podía.

Otras veces no contestaba porque le faltaban fuerzas para hablar. Y a veces no oía siquiera.

Durante la nueva convalecencia no fue impertinente.


Altruisme
 
Además ¿qué le importaban a don Pompeyo estos accidentes del nacimiento? Su inteligencia andaba siempre por más altas regiones. Él en este mundo era principalmente un altruista, palabreja que, preciso es confesarlo, no había conocido hasta que con motivo de una disputa filosófica de la que salió derrotado, el amor propio un tanto ofendido le llevó a leer las obras de Comte. Allí vio que los hombres se dividían en egoístas y altruistas y él, a impulsos de su buen natural, se declaró altruista de por vida; y, en efecto, se la pasó metiéndose en lo que no le importaba.


La Vida Eterna

—Miren ustedes, decía Ronzal, que todavía no era sabio, yo creo todo lo que cree y confiesa la Iglesia, pero la verdad, eso de que el cielo ha de ser una contemplación eterna de la Divinidad... hombre, eso es pesado.

dilluns, 27 de gener del 2014

Solos de Clarín: animalades


Gat

El café de la Paz era grande, frío; el gas amarillento y escaso parecía llenar de humo la atmósfera cargada con el de los cigarros y las cocinas; a la hora en que los dos amigos conferenciaban estaba desierto el salón; los mozos, de chaqueta negra y mandil blanco, dormitaban por los rincones. Un gato pardo iba y venía del mostrador a la mesa de don Santos, se le quedaba mirando largo rato, pero convencido de que no decía más que disparates, bostezaba, y daba media vuelta.

El castor

Ocultos en la sombra de un rincón, alrededor de aquella mesa, arrellanados en un diván unos, otros en mecedoras de paja, estaban media docena de socios fundadores, que de tiempo inmemorial acudían a las tres en punto a tomar café y copa. Hablaban poco. Ninguno se permitía jamás aventurar un aserto que no pudiera ser admitido por unanimidad. Allí se juzgaba a los hombres y los sucesos del día, pero sin apasionamiento; se condenaba, sin ofenderle, a todo innovador, al que había hecho algo que saliese de lo ordinario. Se elogiaba, sin gran entusiasmo, a los ciudadanos que sabían ser comedidos, corteses e incapaces de exagerar cosa alguna. Antes mentir que exagerar. Don Saturnino Bermúdez había recibido más de una vez el homenaje de una admiración prudente en aquel círculo de señores respetables. Pero en general preferían a esto hablar de animales: v. gr., del instinto de algunos, como el perro y el elefante, aunque siempre negándoles, por supuesto, la inteligencia: «el castor fabrica hoy su vivienda lo mismo que en tiempo de Adán; no hay inteligencia, es instinto». Hablaban también de la utilidad de otros irracionales; el cerdo, del cual se aprovechaba todo, la vaca, el gato, etc., etc. Y aún les parecía más interesante la conversación si se refería a objetos inanimados. El derecho civil también les encantaba en lo que atañe al parentesco y a la herencia. Pasaba un socio cualquiera, y si no le conocía alguno de aquellos fundadores preguntaba:

—¿Quién es ese?—Ese es hijo de... nieto de... que casó con... que era hermana de....

Y como las cerezas, salían enganchados por el parentesco casi todos los vetustenses. Esta conversación terminaba siempre con una frase:

—Si se va a mirar, aquí todos somos algo parientes.

Més gats (i un gos)

Aquellos grandísimos puercos que adoraban gatos, puerros y cebollas, le hacían mucha gracia al orador sagrado. «¡Con qué sandunga les tomaba el pelo a los egipcios!», según expresión de Joaquinito Orgaz, religioso por buen tono y que creía sinceramente que era un disparate la idolatría.

—«Sí, Señor Excelentísimo, sí, católico auditorio, aquellos habitantes de las orillas del Nilo, aquellos ciegos cuya sabiduría nos mandan admirar los autores impíos, adoraban el puerro, el ajo, la cebolla». 

«¡Risum teneatis! ¡Risum teneatis!» repetía encarándose con el perro de San Roque, que estaba con la boca abierta en el altar de enfrente. El perro no se reía.

diumenge, 26 de gener del 2014

Solos de Clarín: ortografia


—Hombre, a propósito de sabios— dijo don Frutos Redondo, el americano, que hasta entonces no había hablado—. Tengo pendiente una apuesta con usted, señor Ronzal... ya recordará usted... aquella palabreja.

—¿Cuál?

—Avena. Usted decía que se escribe con “h”...
 
—Y me mantengo en lo dicho, y lo hago cuestión personal.
 
—No, no; a mí no me venga usted con circunloquios; usted había apostado unos callos....
 
—Van apostados.
 
—Pues bueno ¡ajajá! Que traigan el Calepino, ese que hay en la biblioteca.
 
—¡Que lo traigan!
 
Un mozo trajo el diccionario. Estas consultas eran frecuentes.
 
—Búsquelo usted primero con “h”— dijo Ronzal con voz de trueno a Joaquinito, que había tomado a su cargo, con deleite, la tarea de aplastar al de Pernueces.

Don Frutos se bañaba en agua de rosa. Un millón, de los muchos que tenía, hubiera dado él por una victoria así. Ahora verían quién era más bruto. Guiñaba los ojos a todos, reía satisfecho, frotaba las manos.

—¡Qué callada! ¡qué callada!

Orgaz, solemnemente, buscó avena con “h”. No pareció.

—Será que la busca usted con “b”; búsquela usted con “v” de corazón.

—Nada, señor Ronzal, no parece.

—Ahora búsquela usted sin “h”— exclamó don Frutos, ya muy serio, queriendo tomar un continente digno en el momento de la victoria.

Ronzal estaba como un tomate. Miró a Mesía, que fingió estar distraído.

Por fin Trabuco, dispuesto a jugar el todo por el todo, se puso en pie en medio de la sala y cogió bruscamente el diccionario de manos de Orgaz, que creyó que iba a arrojárselo a la cabeza. No; lo lanzó sobre un diván y gritando dijo:

—Señores, sostenga lo que quiera ese libraco, yo aseguro, bajo palabra de honor, que el diccionario que tengo en casa pone avena con “h”.

Don Frutos iba a protestar, pero Ronzal añadió sin darle tiempo:

—El que lo niegue me arroja un mentís, duda de mi honor, me tira a la cara un guante, y en tal caso... me tiene a su disposición; ya se sabe cómo se arreglan estas cosas.

Don Frutos abrió la boca. Foja, desde la puerta, se atrevió a decir:

—Señor Ronzal, no creo que el señor Redondo, ni nadie, se atreva a dudar de su palabra de usted. Si usted tiene un diccionario en que lleva “h” la avena, con su pan se lo coma; y aun calculo yo qué diccionario será ese.... Debe de ser el diccionario de Autoridades....

—Sí señor; es el diccionario del Gobierno....

—Pues ese es el que manda; y usted tiene razón y don Frutos confunde la avena con la Habana, donde hizo su fortuna....

Don Frutos se dio por satisfecho. Había comprendido el chiste de la avena que se había de comer el otro y fingió creerse vencido.

—Señores —dijo— corriente, no se hable más de esto; yo pago la callada.

Casi siempre pasaba él allí por el más ignorante, y el ver a Ronzal objeto de burla general, le puso muy contento.

dijous, 23 de gener del 2014

Un amic de Clarín


En “La Regenta” se propuso D. Leopoldo hacer el Zola, y resultó haciendo el oso (…) es, como novela, lo más pesado que se ha hecho en todo lo que va de Era Cristiana. Aquello es un mundo, un baúl-mundo, atestado de personajes que dicen y hacen lo que se le antoja al autor, no lo que tienen que decir y hacer como consecuencia del carácter que le propinó a cada uno de aquellos “tipos”; los cuales son tantos, que la novela parece otra Arca de Noé con su animal de cada especie; como que entran allí todos los vecinos del pueblo, todos menos D. Leopoldo, que se echa fuera por modestia (…) No ha tal novela ni tal “Regenta”. Lo que hay es un novelón de padre y muy señor mío, que merece titularse “Los chismes de Vetusta” (chismes de cocina) (…) Todo, por supuesto, en un estilo atroz y plagado de galicismos y otros defectos de lenguaje.
 
(Luis Bonafoux y Quintero «Aramis», Novelistas tontos, Don Leopoldo Alas (a) «Clarín»)

divendres, 17 de gener del 2014

La literatura i els seus perills (2)

Pero no importaba; ella se moría de hastío. Tenía veintisiete años, la juventud huía; veintisiete años de mujer eran la puerta de la vejez a que ya estaba llamando... y no había gozado una sola vez esas delicias del amor de que hablan todos, que son el asunto de comedias, novelas y hasta de la historia. El amor es lo único que vale la pena de vivir, había ella oído y leído muchas veces.
Ana Ozores, la Regenta, tindria més d’un disgust per creure’s de forma tan literal les delícies amoroses que li presentaven la literatura; però aquest desengany patit mitjançant la vintena no seria el primer ni l’últim en la seva llarga relació amb els llibres. Ja en la seva solitària infantesa el seu pare lliurepensador li permeté familiaritzar-se amb els grans clàssics anb conseqüències no del tot esperades.
De las novelas modernas algunas le prohibía leer, pero en cuanto se trataba de arte clásico «de verdadero arte», ya no había velos, podía leerse todo. El romántico Ozores era clásico después de su viaje por Italia.

(…) La muchacha envidiaba a los dioses de Homero que vivían como ella había soñado que se debía vivir, al aire libre, con mucha luz, muchas aventuras y sin la férula de un aya semi-inglesa.

También envidiaba a los pastores de Teócrito, Bion y Mosco; soñaba con la gruta fresca y sombría del Cíclope enamorado, y gozaba mucho, con cierta melancolía, trasladándose con sus ilusiones a aquella Sicilia ardiente que ella se figuraba como un nido de amores.
De més grandeta descobreix les Confessions de Sant Agustí que el seu pare considera més una obra filosòfica que no pas devota:
Ana leía con el alma agarrada a las letras. Cuando concluía una página, ya su espíritu estaba leyendo al otro lado. Aquello sí que era nuevo. Toda la Mitología era una locura, según el santo. Y el amor, aquel amor, lo que ella se figuraba, pecado, pequeñez; un error, una ceguera. Bien había hecho ella en vivir prevenida.

Después, buscando en la biblioteca, halló el "Genio del Cristianismo", que fue una revelación para ella. Probar la religión por la belleza, le pareció la mejor ocurrencia del mundo. Si su razón se resistía a los argumentos de Chateaubriand, pronto la fantasía se declaraba vencida y con ella el albedrío.
Ran d’una crisi espiritual i a instàncies del seu confessor llegirà Santa Teresa de Jesús i  es deixarà seduir pel text, com fa amb tota lletra impresa:
La Regenta habló de Santa Teresa con entusiasmo de idólatra; el Magistral aprobaba su admiración, pero con menos calor que empleaba al hablar de ellos, de su amistad, y de la piedad acendrada que veía ahora en Anita. Don Fermín tenía celos de la Santa de Ávila.
La relació del Magistral amb els llibres sembla més controlada, tot i que en burlar-se de com es descriuen les aventures d’un presbíter poc pot imaginar que està sent descrit de forma molt similar a la novel·la que protagonitza.
La experiencia de la vida había despertado su afición a los estudios morales. Leía con deleite los "Caracteres de La Bruyère"; de los libros de Balmes sólo admiraba "El Criterio" y -¡quien se lo hubiera dicho al señor Carraspique!- en las novelas, prohibidas tal vez, de autores contemporáneos, estudiaba costumbres, temperamentos, buscaba observaciones, comparando su experiencia con la ajena.

¡Cuántas veces sonreía el Magistral con cierta lástima al leer en un autor impío las aventuras ideales de un presbítero! «¡Qué de escrúpulos! ¡qué de sinuosidades! ¡cuántos rodeos para pecar! y después ¡qué de remordimientos! Estos liberales -añadía para sí- ni siquiera saben tener mala intención. Estos curas se parecen a los míos como los reyes de teatro se parecen a los reyes».
En honor a la ciutat de Vic, on es celebra el club de lectura, informaré que a “La Regenta” el pensador eclesiàstic Jaume Balmes es citat en tres ocasions. La més divertida és aquesta:
En otra parte una mesa revuelta; más allá un bodegón de un realismo insufrible después de comer. Y por último, en el techo, en la vertical del centro de mesa, en un medallón, el retrato de don Jaime Balmes, sin que se sepa por qué ni para qué. ¿Qué hace allí el filósofo catalán? El Marqués no ha querido explicarlo a nadie. A Bermúdez le parece un absurdo; Ronzal dice que es «un anacronismo»; pero a pesar de estas y otras murmuraciones, conserva en el medallón a Balmes y no da explicaciones el jefe del partido conservador de Vetusta.

A la Marquesa le parece esta una de las tonterías menos cargantes de su marido.

dijous, 16 de gener del 2014

La literatura i els seus perills (1)

Paul de Kock, per exemple
Prou se sap que l’Emma Bovary va acabar com va acabar per culpa de les seves lectures de novel·letes romàntiques d’alta intensitat i de baixa qualitat. Però si el llibre de Flaubert ha esdevingut (juntament amb el Quixot) la faula cautelar per excel·lència sobre com de dolents poden ser els efectes de la literatura, la veritat és que “La Regenta” ofereix un mostrari encara més complet i variat al respecte. Segurament al segle XIX —centúria desesperadament mancada d’invencions com ara Hollywood, Le Cirque du Soleil, la Nintendo o l’iPad— els llibres carregaven sobre les seves espatlles de paper una responsabilitat exagerada i poc justa, especialment quan es tracta de parlar de l’oci de les classes acomodades.

Sigui com sigui a “La Regenta” gairebé tots els seus personatges mantenen una relació particular (i sovint nociva) amb els llibres. Si no m’erro, el primer lletraferit que apareix en escena (al primer capítol precisament) és l’erudit local Saturnino Bermúdez:
Pues debe advertirse que sus lecturas serias de cronicones y otros libros viejos alternaban en su ambicioso espíritu con las novelas más finas y psicológicas que se escribían por entonces en París.
(…) Al ver en las novelas más acreditadas de Francia y de España que los personajes de mejor sociedad sentían sobre poco más o menos las mismas comezones de que él era víctima, ya no vaciló en pensar que lo que le había faltado había sido un escenario. Las muchachas de Vetusta eran incapaces de comprenderle, así como él se confesaba a solas que no se atrevería jamás a acercarse a una joven para decirle cosa mayor en materia de amores.
Tal vez las casadas, algunas por lo menos, podrían entenderle mejor. La primera vez que pensó esto tuvo remordimientos para una semana; pero volvió la idea a presentarse tentadora, y como en las novelas que saboreaba sucedía casi siempre que eran casadas las heroínas, pecadoras sí, pero al fin redimidas por el amor y la mucha fe, vino en averiguar y dar por evidente que se podía querer a una casada y hasta decírselo, si el amor se contenía en los límites del más acendrado idealismo. En efecto, don Saturno se enamoró de una señora casada; pero le sucedió con ella lo mismo que con las solteras; no se atrevió a decírselo. Con los ojos sí se lo daba a entender, y hasta con ciertas parábolas y alegorías que tomaba de la Biblia y otros libros orientales; pero la señora de sus
amores no hacía caso de los ojos de don Saturno ni entendía las alegorías ni las parábolas; no hacía más que decir a espaldas de Bermúdez:

—No sé cómo ese don Saturno puede saber tanto: parece un mentecato.
El pobre Bermúdez, a qui ningú no considera seriosament com a amant potencial, sembla prefigurar en clau còmica el tema de l’adulteri de la novel·la (“eran casadas las heroinas”). Les seves aficions literàries són en aquest cas motiu per ridiculitzar-lo. En canvi don Carlos, el pare d’Ana Ozores, brilla en tots els sentits de la paraula gràcies a la seva tan ben articulada biblioteca.
No hay que pensar que era tonto don Carlos, sino un buen matemático, bastante instruido en varias materias. Pudo reunir una mediana biblioteca donde había no pocos libros de los condenados en el Índice. Amaba la literatura con ardor y era, por entonces, todo lo romántico que se necesitaba para conspirar con progresistas.
Malgrat això no mostra gaire bon criteri a l’hora d’escollir la tutora de la seva filla, una tal doña Camila que ens és descrita també mitjançant referents llibrescs:
Y además, curaba el entendimiento y el corazón a los niños con píldoras de la Biblia y pastillas de novela inglesa para uso de las familias. Era, en fin, una hipocritona de las que saben que a los hombres no les gustan las mujeres beatas, pero tampoco descreídas, sino, así un término medio, que los hombres mismos no saben cómo ha de ser.
Deixaré les lectures d’Ana per demà, però m’aturaré un moment en l’admiració que professa el seu marit don Víctor per les obres de teatre del Siglo de Oro:
Además en el teatro había tenido una discusión acalorada: un majadero, un sietemesino que estudiaba en Madrid, había dicho que el teatro de Lope y de Calderón no debía imitarse en nuestros días, que en las tablas era poco natural el verso, que para los dramas de la época era mejor la prosa. ¡Imbécil! ¡que el verso es poco natural! ¡Cuando lo natural sería que todos, sin distinción de clases, al vernos ultrajados prorrumpiéramos en quintillas sonoras! La poesía será siempre el lenguaje del entusiasmo, como dice el ilustre Jovellanos.
Irònicament aquesta dèria comportarà la seva perdició quan les banyes, que fins al moment han sigut només una excusa hipotètica per justificar grans gestos, esdevenen ineludible realitat. Mentrestant el polític reaccionari local Pepe Ronzal, àlies “Trabuco”, malgrat ser un bèstia integral, reconeix la utilitat d’una lleugera pàtina de cultura. Clarín el despatxa despietadament:
«Esto de la sabiduría es un complemento necesario. Seré sabio. Afortunadamente tengo energía —tenía muy buenos puños— y a testarudo nadie me gana, y disfruto de un pulmón como un manolito (monolito, por supuesto.) Sin más que esto y leer “La Correspondencia” seré el Hipócrates de la provincia».

Hipócrates era el maestro de Platón, maestro al cual nunca llamó Sócrates Trabuco, ni le hacía falta.

Desde entonces leyó periódicos y novelas de Pigault-Lebrun y Paul de Kock, únicos libros que podía mirar sin dormirse acto continuo.

Olvidito Paez, personatge menor i també ridícul, constitueix un exemple més d’algú que viu segons preceptes literaris:
A los dieciocho años se le ocurrió que quería ser desgraciada, como las heroínas de sus novelas, y acabó por inventar un tormento muy romántico y muy divertido. Consistía en figurarse que ella era como el rey Midas del amor, que nadie podía quererla por ella misma, sino por su dinero, de donde resultaba una desgracia muy grande efectivamente.
Posades totes aquestes observacions les unes darrere les altres es diria que Clarín considera tots els seus contemporanis dignes de censura pel mal ús que fan de la literatura. Potser la seva actitud revela una certa condescendència (al cap i a la fi es va donar a conèixer públicament com a crític literari de modalitat ferotge). En tot cas eren altres temps i la paraula escrita encara era important.

dimarts, 14 de gener del 2014

Picardies del XIX


Independentment de la discutida adscripció de “La Regenta” al corrent realista o a l’encara més agosarat naturalisme, de seguida es fa evident que Leopoldo Alas, tot emmirallant-se en la literatura francesa contemporània, està explorant els límits del que és permissible a la novel·la espanyola del seu temps. L’audàcia temàtica no es conforma a abordar la crítica de tots els estaments de la societat benpensant, començant pel tabú dels defectes del clergat, sinó que presenta també una realitat de relacions eròtiques com no es troba a cap altra novel·la literària del XIX espanyol, amb el plus a més que són sovint les dones les que prenen la iniciativa amorosa (com són els casos d’Obdulia o Visitación).

Per descomptat les descripcions esquiven l'explicitat i juguen amb la sempre tan fèrtil suggestió: en èpoques tan púdiques no es pot menystenir la càrrega sexual implícita en la contemplació d’un turmell, per citar una part bastant innòcua de tota anatomia. Però Clarín va més lluny i fins i tot en escenes que no són directament eròtiques actua com un jove vell verd i es recrea, per exemple, en l’observació trapella del desordre vestimentari de Petra, la minyona:
Don Víctor observó que la muchacha no había reparado el desorden de su traje, que no era traje, pues se componía de la camisa, un pañuelo de lana, corto, echado sobre los hombros y una falda que, mal atada al cuerpo, dejaba adivinar los encantos de la doncella, dado que fueran encantos, que don Víctor no entraba en tales averiguaciones, por más que sin querer aventuró, para sus adentros, la hipótesis de que las carnes debían de ser muy blancas, toda vez que la chica era rubia azafranada.…

(…) Petra, temblando de frío, con los brazos cruzados, unos blanquísimos brazos bien torneados, se retiró discretamente, pero se quedó en la sala contigua esperando órdenes.
I de similar manera una crisi nocturna d’Ana Ozores esdevé una nova oportunitat per exercir de “voyeurs” tant el lector com l’autor, perquè la mirada d’Alas no em sembla gens innocent i comparteix còmplice l’efecte que busca:
Al llegar a este punto de sus recuerdos la Regenta sintió que se sofocaba, sus mejillas ardían. Encendió luz, apartó de sí la colcha pesada y sus formas de Venus, algo flamenca, se revelaron exageradas bajo la manta de finísima lana de colores ceñida al cuerpo. La colcha quedó arrugada a los pies.

(…) La respiración de la Regenta era fuerte, frecuente; su nariz palpitaba ensanchándose, sus ojos tenían fulgores de fiebre y estaban clavados en la pared, mirando la sombra sinuosa de su cuerpo ceñido por la manta de colores.
Semblarà que m’enfronto a aquests paràgrafs amb pell molt fina, disposat a trobar detalls picants on no hi ha més que vida domèstica en estat pur; però quan llegeixes “La Regenta” per primera vegada als quinze anys, el teu rellotge biològic es posa a l’hora en punt per detectar fins la menor de les suggestions eròtiques d’un text tan intel·ligent com morbós on l’orgasme es disfressa de paroxisme i la trempera és mera confusió dels sentits. Fins i tot ara, quaranta anys més tard, una relectura de maduresa evoca encara la interdicció del desig en la seva doble versió provinciana i adolescent.

divendres, 3 de gener del 2014

Una qüestió de principis

La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo. 
Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica.
Si el gener de fa una any vam dedicar el club de lectura de la biblioteca Joan Triadú a la russa Karènina, tot seguint el meu cicle d’adúlteres d’ahir, d’avui i de sempre, enguany ens ocuparem de l’Ana Ozores, més coneguda com la Regenta. La novel·la de Leopoldo Alas és una de les meves favorites absolutes i l’hauré llegida sencera tres cops pel cap baix; però com que feia massa temps que no la freqüentava n’he iniciat l’enèsima lectura per refrescar l’experiència, tot aprofitant la vida nova que ofereix el nou any.

El principi de “La Regenta” em sembla exemplar, triplement exemplar perquè: a) marca el to del llibre, sense enganyar, des de la primera frase; b) és narrativament molt eficaç i c) permet establir l’equació Vetusta = Oviedo sense cap mena de dubte. En efecte, la brevíssima frase inicial (La heroica ciudad dormía la siesta), explosiva pels termes antitètics amb els que juga, ja que no hi ha res menys heroic que fer la migdiada, anuncia el to irreverent i crític amb el que es contemplaran els més sòlids pilars de la societat, siguin aquests el clero, la noblesa, els polítics o l’alta burgesia. A l’inici del paràgraf següent una frase de similar calibre contraposa la molt noble i lleial ciutat amb l’escudella i la carn d’olla, tot i que la menció de l’”olla podrida” no és gens innocent.

El primer capítol (on a penes hi passa res) estableix l’escenari de l’acció en una mena de “travelling” zenital que contempla la ciutat a vista d’ocell i, encara que com a novel·la decimonònica la narració pren un punt de vista omniscient, el dissimula mitjançant l’estratagema de fer pujar el Magistral Fermín de Pas a la torre de la catedral perquè miri a través de la seva ullera de llarga vista. Així, l’escrutini del capellà via l’instrument òptic permet una presentació detallada del món físic on es desenvoluparà “La Regenta” i de propina ofereix una metàfora molt gràfica dels deliris de superioritat del personatge.
En aquesta primera aproximació a Vetusta es sembren els indicis que forcen la identificació de la imaginària ciutat provinciana amb la molt real Oviedo, començant per la descripció de la torre de la catedral:
...no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y proporciones. Como haz de músculos y nervios, la piedra, enroscándose en la piedra, trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra más pequeña, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.
[Què bo Clarín! Ara m’explico la meva tendència a excedir-me amb les comes.]

La menció de la campana Wamba, campana que estic segur que no existeix a cap altra capital espanyola, acaba de confirmar que per bé i per mal ens trobem a un transsumpte d’Oviedo, l’antiga capital del molt reial Regne d’Astúries. La de sang, suor i llàgrimes que li costaria a l’autor tanta fal·lera realista!